sábado, mayo 07, 2011

El infierno.


Yo no quiero irme al infierno, más no tengo otro camino. Conforme la vida se acorta se acerca la muerte, y con ella el destino; he tenido a dios como apaga fuegos en mi vida, él ha respondido, y tras ello yo lo he vuelto a olvidar  hasta la próxima vez. Pero que puedo hacer si mi naturaleza es esa? Soy malo y pecaminoso por naturaleza, no con otros o haciendo el mal, pero he abandonado el dogma por completo y me he entregado a los placeres de los adoradores del sentido, me he creído inmortal y he sido, todo lo que no se debe ser. 
Tú me dijiste que te arrancara las ropitas y lo he hecho, te he practicado el sexo una y otra vez sin meritos matrimoniales de por medio, a ti y a otra decena más al menos, he sido pecaminoso con el sexo y el tiempo ha trascurrido así, y me vengo a enterar justo ahora, 32 años tarde que mis acciones me llevarán al infierno y no puedo hacer nada por deshacerlo.
La pereza de ser cristiano y salvarme me ha conducido a esta deuda, hay quiénes me prometen que el arrepentimiento me salvará, que pagando la cuota mensual el señor se apiadará de mí y de el alma que creo que a veces no tengo, pero si me arrepiento, la verdad no seré sincero, no será por el remordimiento de mis acciones, si no por miedo, y creo  que eso no se vale en este juego, mucho menos si es cierto que dios sabe lo que hay en mi corazón.
Veo lo que veo y me dicen que es siniestro, y mientras medito lo frágil que es mi vida y lo cercano que soy a la muerte con mis excesos, adormecido viajo en este bus a media noche rodeado de fantasmas y soledades, y justo dos asientos después de mí viaja el pecado; una rubia con los muslos descubiertos que además de cuando en cuando me vuelve a ver y me sonríe, invitándome a el pecado nuevamente.
Justo delante de ella una anciana de apariencia milenaria y con ojos inquisidores me recuerda, que su recato debe ser en la vida de cada buen cristiano una norma imposible de saltar.
Tengo miedo de morirme e irme al infierno, miedo de hacerle el amor a esta rubia que cada vez me invita más al pecado, pero he cruzado el pasillo para hablarle y pedirle el teléfono, y mientras ella anota un nombre y un número en un boucher de cajero automático, puedo ver con detenimiento a la anciana delgada y larguirucha que como súccubus retirada seduce mi miedo, huele a añeja, a rancio y a guardado, de su cartera salen cucarachas que luego se esconden bajo el asiento.
Nunca pensé en la necesidad de ir al cielo para evadir al infierno, y no sé cómo ser bueno, nunca me interesó serlo; pero mientras ella sonreía escribiendo, delante de mí, notablemente inquieta la anciana, de cuello cerrado has el cuello, y rosario en mano, me mostraba un desconocido; para mí; ritual de vida; y es que la idea del infierno llegó a mí en forma de panfleto hace algunos días, retratando mi yo tan normal como un camino seguro al infierno, y esto me acosa desde entonces. Parado allí pareció detenerse el tiempo, disputando entre el pecado y la salvación mis sentidos, mi visión en los muslos de la escribiente, pero sin poder negar el olor a guardado de la anciana, que en toda su delgadez y su juventud añeja, había sido guardada en un closet por mucho tiempo, muñeca rara, olvidada y rota que de pronto me pareció atractiva debajo de su recato de negras ropas, sombra joven y vieja en una sola.
Noche de siempre y encuentros; de gente rara en el bus, desvíos de mirada, al fin todos éramos extraños como ella cada, ante tanto susto y superchería morbosa que se ejercitaba en esa noche, mientras me entregan con una sonrisa el nombre y el número del pecado, creo que si esa sombra se acerca, no podré más que sentirme tan inquieto por el destino.
Y me siento papel en mano, mientras la rubia hace la parada, y allí mismo una señora se sienta sobre la anciana que no existe y aparece sentada sobre mí, sin mirarme y recatada, con sus manos sobre los muslos tapados por una larga falta, que huele a guardado inevitablemente, notable, como mi miedo de ir al infierno.
me levanto arrugando el papel entonces, miró atrás los campos desocupados de mi asiento, tiro el número en la basura y hago la parada en un sitio desconocido, todo con tal de escapar de su juicio invisible de silencio, tan temeroso de este dios que me manda al infierno, mientras a lo lejos vuelvo a ver los muslos de la rubia que caminan hacia mí, que ya libre de los ojos huecos de la anciana me llevarán derecho al infierno de su cama y lejos del cielo que no entiendo.

5 comentarios:

isla dijo...

Deshora... si existe el infierno.. habrá que conocerlo.. quizá sea el camino al cielo.. (si existe también claro...)

Un abrazo amigo
isla

pd... tú ... vive!!

Roger Rivero dijo...

Bueno yo creo que voy al infierno asi que nos ayudaremos y la pasaremos lo mejor posible, saludos

delfin en libertad dijo...

Muy bueno el texto, que deja como ingrediente el misterio a lo desconocido, a cargar sobre nuestras espaldas pecados, culpas y tentaciones.
Yo amigo mío no creo en ese infierno, creo en el mío, ése tan cercano, con el que convivo a diario, que me arrastra hasta su fondo y me enmudece y golpea mis sentidos...tantas veces.
Las culpas y pecados ya les he cerrado la puerta, no las cargo.
Muy bueno Amorexia. Un abrazo.

Michel Martínez Deb dijo...

Increible texto, me dejas pensando hacia donde voy ...y lo que he perdido... me dejaste en blanco ....Michel

www.micheldeb.tk

www.lamalapoesia.tk

Lilith dijo...

Obladi, Oblada, ya estuvo que me rostizaran en el infierno, cuantas veces he vivido lo que has escrito, y lo peor es que yo no siento el remordimiento.

Me gusta esa aventura, la antesala del sexo cuando todavia tu proximo amante es un desconocido, de todo lo que aqui has escrito, es lo que mas me ha gustado, y es que me identifico tanto.

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