sábado, marzo 12, 2011

Tres meses de Arsenio por Marco Cañizales


Tenía la radiografía de su cráneo en la mano, una mancha negra lo miraba de frente y asesinaba el cliché, "ser o no ser", ya no era un dilema; la pregunta urgente era cuando dejar de ser.

Le quedan tres meses, don Arsenio, tres meses. Le recomiendo retirarse a su casa y procurar pasar tiempo con ellos, su familia, a ellos también les costará hacerse a la idea. La verdad ya no recomiendo ningún tratamiento don Arsenio, no vale la pena, lo maltrataríamos mucho y sin resultado alguno. Estos casos siempre...

El galeno seguía hablando y los tres meses se desgastaban en segundos de charlas terapéuticas sobre aceptación de la muerte. Los médicos habían descubierto también como asesinar a la incertidumbre, saber el tiempo exacto de vida no era una ganga. Repartir abrazos y te quieros antes de la fecha de expiración no le parecía una misericordia tal como se lo planteaba el médico. Las intermitencias de la muerte, el cáncer no le borraba los recuerdos de los libro leídos y sentía como si Saramago regresase de ultratumba para entregarle su prolijo y benévolo sobre color violeta, él quería rechazarlo pero la muerte ya lo había marcado, tenía el sobre en la mano y la carta era una radiografía de su cráneo con una mancha negra mirándolo de frente.
Lo siento mucho don Arsenio, de verdad. Hay grupos que pueden ayudarle, pero lo que más le recomiendo es estar con los suyos. Si siempre quiso hacer algo, hágalo ahora.

Arsenio salió caminando, contrario a su costumbre no tomó el taxi, tenía tres meses para llegar a casa y estallar en te quiero y muerte frente a su esposa en el momento justo, pensaba en formas de ahorrarle el dolor y las lágrimas innecesarias. Si muriera de un tirón ya la pobre lo lloraría bastante. ¿Servirá de algo este pre-llanto? Inevitablemente, la muerte no llegó en el camino a casa; empujó la puerta con la plena certeza de que tras de ella se ocultaba un Arsenio infantil y lleno de vida que poco a poco era aplastado con chirriar de la madera. La puerta pesaba como un ataúd y al abrirla dejó de par en par el alma para que llorara su propia pena. Este, este era el privilegio de saber con anticipación sobre su muerte, asistir a su velorio, ensayar su esquela en alguna servilleta. Practica la pose para la caja. Estaba cansado de la caminata, sintió sueño y rabia, cómo podía dormir estando a punto de morir, con tan poco tiempo y tantos meses de vida a su haber.

Su esposa andaba en el mandado y la casa estaba vacía, terminó de secarse las lágrimas. Los tres meses se le desgastaban en una ansiedad que infinitamente parecía llevarlo al punto finito de su vida. Se recostó en el sofá mirando la jardinera llena de violetas que su esposa tanto cuidaba. Poco a poco se fue durmiendo sin dejar de repetirse "el sueño es hermano de la muerte."Despertó maldiciendo a Virgilio, por qué demonios tenía que saber tanto, había muerto durante unos minutos en el sofá y desperdiciado la vida que le quedaba.
- Te traje papaya porque el médico dijo que tenías que comer más frutas. Vieras que caro está todo, por eso me gusta más ir a la feria, así no se puede.

Era hermosa, cierto que estaba recorrida por cientos de arrugas dibujadas sobre ella como ríos de tiempo que la llevaban al mar de la muerte, pero la de ella era aún más lejana, de ahogarse preferiría ahogarse en esa mujer y no en la muerte. No tenía sentido decírselo, había comprado papaya para él porque el doctor, porque le hace bueno y cómo quitarle ese gusto de estarlo cuidando y dándole más vida, como mirarla a los ojitos y decirle que la papaya ya no sirve, que me estoy muriendo, y cierto que vos también, pero al menos vos me acompañarás a morir a mí pero yo a vos no.
Perdoná, pero te toca morir solita, mi amor. Sí, yo sé, siempre pensé que sería distinto. Pero te acordás de Saramago, ¿sí?, él también murió y yo pensaba que no se iba a morir... fijáte que sí, me llegó mi sobrecito morado, no yo sé, no me entendés, es que vos no leíste el libro. Pero acá tengo la carta, es una foto mía donde ya salgo blancuzco como la muerte excepto por esa manchita que es un disparo de cáncer y que fue el que me mató. No mirá, no llorés, yo sé que los chiquillos no te van a dejar solita y te aseguro que arreglo la ducha antes de morirme, ya sé que me lo has dicho mucho, pero te juro que no me muero sin dejarte con el agua caliente. No, mejor no decirle.
- Sí, que rica la papaya, Amanda.

En la noche abrió la jaula y dejó volar los cientos de libros, las enciclopedias son para Matías, ahorita entra a la escuela el chiquillo y seguro las va a ocupar, aunque me ha dicho Santiago que no, que ahora los chiquillos tienen internet y ya no ocupan las enciclopedias.

Por autor fue destinando los libros a distintas personas, era su herencia, su despedida, aunque Amanda pensaba que era un sueño realizado de tener más espacio con menos libros en la casa, que qué cansado, me étenés loca con tanto libro. Si salís no me vengas con más libros que ya no tenemos campo, mirá que vamos a tener que hacer otra casa. Liberaba a los libros, los dejaba volar y el cliché también se reprimía porque los libros no regresarían, y si regresasen se toparían con un Arsenio caducado y con su escaso pelo engominado, vestido de traje y con los ojos cerrados, sin poder leer.

Benedetti, también muerto, para Carmen; Amanda siempre me celó con Carmen, creo que en realidad nunca se llevaron pero aprendieron a disimularlo para mí. A Carmen le encantaba Benedetti.
No estaba seguro del destino de Umberto Eco, el Nombre de la Rosa tendría un público más amplio pero que sería del resto de libros si el Péndulo de Foucault no lo podía leer cualquiera. Saramago fijo es para Evelyn, no le voy a dar las intermitencias, capaz que le dicen que tiene cáncer y se imagina sobrecitos morados, violeta dice el libro, la memoria traiciona y termina uno por tropicalizar la literatura. Ser o no ser, esa es la vaina.
Tenía certeza de que Macondo se trasladaría a vivir a la repisa de Gustavo y las obras completas de Miguel Hernandez se embarcarían al Sur hasta llegar al Chaco, Hacienda el Instante, Maria del Carmen Rodríguez. Ella abriría el sobre sin remitente y estaría segura de que yo era quien se lo mandaba, que había muerto. Se encerraría en el cuarto del fonddo y le pediría a Serrat desentrañar la canción "quiero apartar la tierra con mis manos"
Siguió apartando los libros con las manos propias, no las de Serrat, y apartó a Cohelo en una esquina, no sin sentir vergüenza, se preguntó sinceramente qué hacían esos libros ahí, la verdad tenía que ser ese espíritu que le impedía botar libros. Esos, sin embargo, no quería regalarlos a nadie, era una forma de admitir que alguna vez estuvieron en su biblioteca. ¡Qué pena!

Salieron también libros varios, "best sellers" multicolor siempre con el sellito dorado y así en inglés para que se entienda que el "marketing" es cosa de gringos, no vengan ustedes los latinos a creer que lo inventaron ustedes, en todo caso lo que inventan y hacen grandioso terminamos convirtiéndolo en Best Seller y eliminamos la magia con las letritas doradas que en la portada catalogan la materia mágica en material de merchandising y tienda por departamentos. Justo a la par de los libros un rótulo para Shampoo y termina Neruda por estar a la par de tarjetas de San Valentín de Hallmark inc. Detrás de Gabo hay siempre un anaquel con coca-colas y otros jarabes para la tos.

Se le estaban yendo los días en clasificar sus libros por autor, por importancia y por herederos, pudo comprobar que los libros más gustados y de mayor renombre terminaban en las manos de los seres más queridos. Se sentaba en el piso con sus pilas de libros quienes en un ritual se despedían de él emanando aromas de tintas guardadas, de hojas enmohecidas y alguna que otra lágrima estrujada entre dos páginas, disecándose, para entregarla a alguna amada tiempo después, con el inconveniente de que las lágrimas son difíciles de reubicar y a veces al releer el mismo párrafo no se encontraba la lágrima extraviada.
Amanda era sin duda la más amada, a ella le correspondían por tanto todos los libros, pero bien sabía
él que a su muerte ella los espantaría con su escoba como a murciélagos invasores, tanto libro, tanta página, tanto Arsenio duplicado en tanto papel.
Los poemas suelen ser papel mojado, pero es que si se es lo que se lee, Arsenio era esos libros, tan distintos, tan absolutamente equidistantes unos de otros, él era tanta letra regada por la sala en pilas que iba amontonando y liberando de los estantes, él era ahora la ere, ahora la a, más tarde sería de día cuando leyera "el despertar de Mercurio".

Arsenio era sus libros y comenzó releérselos todos para estar seguro de su herencia. Llevaba meses ahí, barbudo y larguilucho. Meses siendo esas letras, letra muerta se reía él instintivamente, letra muerta. Amanda lo abandonó, en algún momento se pudo leer en este texto que Amanda murió, pero a Arsenio le dolió mucho leerlo y tachó el libro para escribir que Amanda se mudó. Arsenio seguía vivo en esa casa llena de libros, los libros se acercaban volando atraídos por la leyenda de un hombre que a punto de morir se puso a leer todos sus libros. Entre los libros que se colaron venía éste, con la historia de la muerte nunca concluida de Arsenio, incluía el libro la muerte de Amanda, pero era una errata, un error editorial, Arsenio supuso que Amanda estaría detrás de alguna de las columnas de libros y que él llevaba tan solo algunas horas de estar clasificando los libros para heredarlos a su muerte.

Marco Cañizales

8 comentarios:

SAMADHI dijo...

Me has robado el aliento, he sido absorbido por las imagenes del relato. Excelente nota!. Te admiro.

Haze dijo...

Buenísimo, atrapa desde el principio.

www.desdemiarboldelimon.blogspot.com

antonio dijo...

Acabo de descubrir tu blog.
Me gusta tu blog,
Saludos

cinthia dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Matilde dijo...

guau.. un genio, el del texto

.

un abrazo profundo

mati

©hannibal däler dijo...

Don Alonso, permitame saludarlo, hace tiempo no paso por acá. Espero que estés bien.

Saludos,
hannibal

Felicidad Batista dijo...

Es un relato que atrapa desde el primer verbo hasta la última palabra, curiosamente muerte. En esa vida envuelta en libros, organizada, catalogada, registrada, buscada, anulada, borrada, plagiada por el mundo de las letras, las senasaciones y emociones, construida entre renglones y columnas de libros. Me ha encantado. Un saludo desde Canarias

Germán Hernández dijo...

Aunque el estilo es grosero, se logró el giro de tuerca necesario, y también obvio en el texto.

No está mal Cañizales.