lunes, julio 05, 2010

El hijo de fulano de tal.

Hay alguién allí parado afuera sobre el techo de el corredor, es solo una silueta enorme de un hombre con alas desgarbadas; se ve molesto, y no importa desde donde se le mire, siempre esta de frente.

Marina siempre quizó que alguno de los chicos que le encargaban le llegará a llamar "mamá chula" todos los niños y niñas que amamantó salieron de su vida antes de que siquiera la recordarán; una de las limitaciones que enfrentó y superó por ser simplemente una nodriza.

Y es que las señoras de la alta sociedad merecían un descanso tras cargar nueve meses a los herederos de sus padres, de sus apellidos y de sus fortunas; no era una práctica extraña entre las casas de señores de altos ingresos y posiciones, que sus esposas contratarán una buena mujer, de clase media, limpia y de buenas costumbres para que amamantara a sus hijos; por que los pechos se caen, por que eso es trabajo para una nana, por que el tiempo de amamantar debía gastarse en cenas importantes con sus maridos en sociedad, y en tomar el té con las amigas.

Su anhelo con los años seguía sin cumplirse, Marina era feliz de tener siempre un pequeño en sus brazos, pegado a su pecho alimentandose, le encantaba su olor y el calor de sus boquitas en sus pezones, su mirada agradecida hacía la cara de quién le daba de su ser vida.
Creía tener un instinto materno mas desarrollado que el de sus patronas, aunque nunca fue madre, y por eso alquilaba su calor y su amor para que las señoras fueran grandes señoras de fulano de tal con pechos firmes; a cambio de una buena paga.

Siempre logró que sus patronas la recomendarán, y cada nuevo niño en casa de ricos conoció su pecho, su calor, su regazo; eso sí, siempre insistió en usar el mismo perfume de la madre mientras amamantaba, decía que era para que no la extrañarán cuando alguno de ellos abrazara a su verdadera madre, cuando el acto público lo ameritara, y así completar esa ilusión de buen servicio, y darle un plus psicológico que resultó ser un buen gancho en su mercadotécnia.

Marina cantaba maravillosamente y se mantenia jóven, condiciones ambas que siempre achaco al contacto con los jóvenes retoños de sus orgullosos padres, todos los niños que mamaron el pecho de Marina, eran niños cachetones y vivarachos que enorgullecian el ego de sus madres y padres, lo cuál la llevo a ganar buena fama, aprecio y bonificaciones que llenaban el vacío de no tener hijos propios.

Pero todo éxito es tal basado en el fracaso de alguna empresa; y Abel, como le llamaron al niño de la residencia del embajador fue el suyo, y este a su vez marcó finalmente el retiro de Marina y el fin de su buena fama.

Simplemente ni sus pechos ni todo el empeño que puso en el infante; ni los paños de agua de arroz o los vasos con avena que Marina tomo cada mañana fueron capaces de llenar el estómago de el niño, sencillamente la leche se cortaba en sus pechos, se hacía queso amargo en la boca de el pequeño y no hubo manera de que el mismo aceptará aquellos otrora fértiles y fecundos senos.
Marina embejecio conforme el niño se ponía cada vez más enfermo, lo atribullo a la boca fría del pequeño, y a la sangre nórdica de la madre, su cuerpo siempre frio y sus rasgos humildes en el rostro. La mujer de el embajador simplemente decía, con un aire de asco y odio "mas vale que se parezca a él cuando crezca, haz lo que puedas" y aunque Marina intento alimentarlo con viverones de leche buena y el apellido del padre grabados, el niño no parecía nunca alimentarse como debiera, y fue larguirucho y enfermo debajo de las ropas finas con que lo vestían.

Termino por empezarlo a odiar, especialmente por que los pechos se le secaron, enfermo, siempre cansada parecia que le habían caido encima cuarenta años, y aunque trato de envenenarlo tras el pedido de la mujer del embajador, la cocinera de la casa se negó a ayudarle, a pesar de la adversión y el asco que el niño le producía, fue incapaz de llevar a cabo tal acto sin que alguién mas compartiera la responsabilidad de tan aberrante acto, y convencida esa noche de sacarlo adelante, de una renovada convicción de hacerlo un niño lindo como los otros, se quedó dormida sobre él y lo mató.

La casa de los señores nunca fue la misma desde entonces, todos lo sabemos, los niños están prohibidos y lo sabemos, hablar de el tema es causal de despido, pero como podemos negar lo que vemos, cuando podemos encontrarla a ella en cualquier habitación masajeandose los senos?

Hay alguién parado allí afuera que no importa desde donde lo veas siempre estará de frente y llorá & mama leche fea.

6 comentarios:

isla dijo...

siempre me impresionas con tus relatos.. (se me coloca el pánico en la piel...)
un abrazo
isla

delfin en libertad dijo...

Un relato atrapante, fantástica forma de mantener en vilo la emoción del lector al expresar la historia.
Dura tarea la de Marina, algo que no envidio. Un abrazo.

SAMADHI dijo...

Divagas..y sin embargo : Buena nota!.

andrés dijo...

Ah fren, como siempre excelente relato - ese tono oscuro que hace de tus escritos siempre geniales men

Me encanto, buenisimo!

Mr. Faraday dijo...

me agrada :)

Germán Hernández dijo...

Me gustan tus textos, y este está muy bien!!! Imaginativo a pesar de su tono aletargado. No me convence mucho lo del ángel al inicio y al cierre del texto porque el texto no trata sobre fantasmas y toma otro camino, el del sarcasmo y la ironía contra los burgueses, la especialización de Marina y sus secretos profesionales, etc.

Sobresalen en el texto muchas imágenes frescas, sutiles y bien logradas, pero una me quedó resonando: “todos los niños y niñas que amamantó salieron de su vida antes de que siquiera la recordarán” Brillante!!!!

En narrativa los juicios de valor del narrador son funestos: “fue incapaz de llevar a cabo tal acto sin que alguien mas compartiera la responsabilidad de tan aberrante acto” que nadie la ayudare está bien, pero luego que fuera aberrante o no es un asunto que los lectores deben juzgar y no el autor.

Perdón por la insistencia… pero de verdad vale la pena cuidar un poco la ortografía, hay tildes ausentes y otras de sobra… y uno que otro dedazo por ahí.